viernes, 2 de febrero de 2018

Natalia Ginzburg


La muerte de Pavese


 Pavese cometía errores más graves que los nuestros. Porque nuestros errores eran generados por el impulso, la imprudencia, la estupidez o el candor; en cambio los errores de Pavese nacían de la prudencia, del cálculo y de la inteligencia. Nada es tan peligroso como esta clase de errores. Pueden ser, como lo fueron para él, mortales; porque de lo caminos que se equivocan por astucia es difícil regresar. Los errores que se cometen por astucia se enlazan estrechamente: la astucia hunde en nosotros raíces más firmes que la irreflexión y la imprudencia: ¿cómo liberarse de ataduras tan tenaces, tan apretadas, tan profundas? La prudencia, el cálculo y la astucia tienen el rostro de la razón: el rostro, la voz amarga de la razón, que argumenta con sus argumentos infalibles, frente a los que no hay nada que decir, no queda si no asentir. 
 Pavese se mató un verano en el que ninguno de nosotros estaba en Torino. Había preparado y calculado las circunstancias que preservaban su muerte, como quien prepara y dispone el curso de un paseo o de una velada. No le gustaba que hubiera, ni en los paseos ni en las veladas, nada de imprevisto o de casual. Cuando íbamos él, Balbo, el editor y yo a dar un paseo por la colina, se irritaba muchísimo si algo desviaba el curso que había dispuesto, si alguien llegaba tarde a la cita, si cambiábamos el programa sobre la marcha, si se unía a nosotros una persona imprevista, si una circunstancia fortuita nos llevaba a comer, en lugar de en la trattoría que él había elegido, en la casa de algún conocido encontrado inesperadamente por la calle. Lo imprevisto lo ponía incómodo. No le gustaba ser tomado por sorpresa.
 Había hablado por años de suicidarse. Nadie le creyó jamás. Cuando venía a vernos a Leone y a mí, comiendo ciruelas, y los alemanes invadían Francia, ya hablaba de eso. No por Francia, no por los alemanes, no por la guerra que embestía contra Italia. Tenía miedo de la guerra, pero no lo suficiente como para matarse por la guerra. Siguió teniendo miedo de la guerra, aún mucho después de que la guerra terminara: como el resto de nosotros. Porque eso es lo que pasó, apenas terminada la guerra volvimos enseguida a tener miedo de una nueva guerra y a pensar en ella siempre. Y en él el miedo era mayor que en nosotros: era en él, el miedo, el vórtice de lo imprevisto y de lo desconocido, horrendo a la lucidez de su pensamiento; aguas oscuras, vertiginosas y venenosas en las desnudas orillas de su vida.
 No tenía, en el fondo, para matarse, un motivo real. Pero compuso algunos y calculó la suma con precisión fulminante, los compuso nuevamente y volvió a ver, asintiendo con su sonrisa maligna, que el resultado era idéntico y por lo tanto exacto. Miró más allá de su vida, en nuestros días futuros, pensó en cómo se comportaría la gente al confrontar sus libros y su memoria. Miró más allá de la muerte, como aquellos que aman la vida y no saben cómo despegársele, y aun pensando en la muerte van imaginando, no la muerte sino la vida. Él, sin embargo, no amaba la vida, y ese mirar suyo más allá de la propia muerte no era amor por la vida, sino un profundo cálculo de circunstancias, para que nada, ni siquiera después de muerto, pudiera tomarlo por sorpresa.

(de Lessico Famigliare, 1963.)


Original Italiano:



Pavese commetteva errori più gravi dei nostri. Perché i  nostri errori erano generati da impulso, imprudenza, stupidità e candore; e invece gli errori di Pavese nascevano dalla prudenza, dal calcolo, e dall’intelligenza. Nulla è pericoloso come questa sorta di errori. Possono essere, come lo furono  per lui, mortali; perché dalle strade che si sbagliano per astuzia, è difficile ritornare. Gli errori che si commettono per astuzia, ci avviluppano strettamente: l’astuzia mette in noi radici più ferme che non l’avventatezza o l’imprudenza: come sciogliersi da quei legami così tenaci, così stretti, così profondi? La prudenza, il calcolo, l’astuzia hanno il volto della ragione: il volto, la voce amara della ragione, che argomenta con i suoi argomenti infallibili, ai quali non c’è nulla da rispondere, non c’è che assentire.
Pavese si uccise un’estate che non c’era, a Torino, nessuno di noi. Aveva preparato e calcolato le circostanze che riguardavano la sua morte, come uno che prepara e  predispone il corso d’una passeggiata o d’una serata. Non amava vi fosse, nelle passeggiate e nelle serate, nulla  d’imprevisto o di casuale. Quando andavamo, lui, io, i Balbo e l’editore, a far passeggiate in collina, s’irritava moltissimo se qualcosa deviava il corso da lui predisposto, se qualcuno arrivava  tardi all’appuntamento, se cambiavamo all’improvviso il programma, se si aggiungeva a noi una persona imprevista, se una circostanza fortuita ci portava a mangiare, invece che nella trattoria che lui aveva prescelto, nella casa di qualche conoscente incontrato  inaspettatamente per strada. L’imprevisto lo metteva a disagio. Non amava esser colto di sorpresa.
Aveva parlato, per anni, di uccidersi. Nessuno gli credette mai. Quando veniva da me e da Leone mangiando ciliegie, e i tedeschi prendevano la Francia, già allora ne parlava. Non per la Francia, non per i tedeschi, non per la guerra che stava investendo l’Italia. Della guerra aveva paura, ma non abbastanza per uccidersi a motivo della guerra. Continuò tuttavia ad avere paura della guerra, anche dopo che la guerra era  da gran tempo finita: come, del resto, noi tutti. Perché questo ci accadde, che appena finita la guerra ricominciammo subito ad avere paura di una nuova guerra, e a pensarci sempre. E in lui la paura era più grande che in noi: era in lui, la paura, il vortice dell’imprevisto e dell’inconoscibile, che sembrava orrendo alla lucidità del suo pensiero; acque buie, vorticose e venefiche sulle rive spoglie della sua vita.
Non aveva, in fondo, per uccidersi, alcun motivo reale. Ma compose insieme più motivi e ne calcolò la somma, con precisione fulminea, e ancora li compose insieme e ancora vide, assentendo col suo sorriso maligno, che il risultato era identico e quindi esatto. Guardò anche oltre la sua vita, nei nostri giorni futuri, guardò come si sarebbe comportata la gente, nei  confronti dei suoi libri e della sua memoria. Guardò oltre la morte, come quelli che amano la vita e non sanno staccarsene, e pur pensando alla morte vanno immaginando non la morte, ma la vita. Lui tuttavia non amava la vita, e quel suo guardare oltre la propria morte non era amore per la vita, ma un profondo calcolo di circostanze, perché nulla, nemmeno dopo morto, potesse coglierlo di sorpresa.
 (Lessico Famigliare; Mondadori, 1974; p.184-5.)

Biografía:


Hija de Giuseppe Levi y Lidia Tanzi, nació en Palermo en el seno de una familia acomodada de origen triestino, pero buena parte de su vida la pasó en Turín, adonde su padre, profesor universitario de anatomía, fue trasladado en 1919, cuando ella tenía tres años. Tanto él como sus hermanos fueron apresados y procesados por sus ideas antifascistas. Su madre era hija de un abogado socialista. Hija de un librepensador (además, la familia paterna era judía) y de una mujer de educación católica, tuvo una formación laica: ninguno de ellos eran practicantes. La enseñanza media la hizo en el instituto Alfieri.
 En 1933 publicó su primer cuento, I bambini (Los niños), en la revista Solaria.
 Cinco años más tarde se casó con Leone Ginzburg, un intelectual antifascista de origen ruso y profesor de literatura rusa que había estado en la cárcel en 1934 y 1936 por sus ideas. El matrimonio se relaciona con los intelectuales antifascistas turineses, especialmente con los relacionados con la editorial Einaudi, de la que Leone Ginzburg era cofundador desde 1933. Mantendrán gran amistad con Cesare Pavese y con Carlo Levi, entre otros.
 En 1940 el matrimonio se muda a Pizzoli, un pueblo de los Abruzos, donde su marido había sido desterrado por el gobierno de Mussolini y en el que permanecerá hasta 1943. Con él tendrá tres hijos: Carlo (Turín, 15.04.1939), futuro famoso historiador, Andrea (Turín, 09.04.1940) y Alessandra (Pizzoli, 20.03.1943).
 Con el seudónimo de Alessandra Tornimparte publicó en 1942 su primera novela, El camino que va a la ciudad, que reeditará en 1945 ya con su firma definitiva, Natalia Ginzburg.
 Después del comienzo de la deportación sistemática de los judíos, y tras varias vicisitudes, su marido fue detenido y torturado hasta la muerte en la cárcel de Regina Coeli de Roma, en 1944.
 Natalia Ginzburg, poco después de liberada ese mismo año, llega en octubre a Roma, donde comienza a trabajar en Einaudi, la editorial donde publicará sus novelas. En otoño del año siguiente regresó a Turín, adonde habían ya retornado sus padres y sus hijos, quienes durante los meses de la ocupación alemana se habían refugiado en Toscana.
 En 1947 aparece su segunda novela È stato cosí, con la que gana el premio Tempo. Se trata de un libro desesperado, violento y lleno de tristeza. La tristeza se combinará en sus obras posteriores con una original comicidad.
 Se casa en 1950 con el profesor universitario Gabriele Baldini, especialista en literatura inglesa que fue director del Instituto Italiano de Cultura en Londres. El matrimonio tendrá dos hijos: Susanna (04.09.1954–15.7.2002) y Antonio (06.01.1959–03.03.1960).
 En 1952 publica Todos nuestros ayeres; cinco años más tarde salen el libro de cuentos Valentino (premio Viareggio) y la novela Sagitario; y en 1961 lanza su importante novela Las palabras de la noche, que en 2003 será llevada al cine por el español Salvador García Ruiz con el título de Las voces de la noche.
 Natalia Levi gana luego el prestigioso premio Strega, en 1963, con Léxico familiar, novela autobiográfica con la que consiguió también un gran éxito de ventas. Ese mismo año hizo su único papel en el cine, en la película de Pier Paolo Pasolini: El Evangelio según San Mateo, en la que interpretó a María de Betania.
 En 1969 muere su segundo marido. Ella continúa con su escritura, cada vez más interesada en el microcosmos de las relaciones familiares: Querido Miguel (1973), Familia (1977), otra novela epistolar La ciudad y la casa (1984), y un libro inclasificable y extenso, La famiglia Manzoni (1983), sobre la esfera doméstica del gran escritor italiano.
 Al mismo tiempo, después de la muerte de Baldini, Natalia Ginzburg, como la mayoría de los intelectuales de izquierda italianos de aquella época, comienza a participar cada vez más activamente en política y en 1983 es elegida diputada del Parlamento por el Partido Comunista Italiano.
 Otras facetas en las que destacó fue como autora de comedias teatrales y traductora: entre las primeras, destacan Ti ho sposato per allegria (1970) o Paese di mare (1972). Sus traducciones más celebradas son las que realizó del francés (Marcel Proust, Gustave Flaubert y Maupassant).
 Murió en Roma la noche de 6 al 7 de octubre de 1991. Su obra apareció en Einaudi, editorial de Turín con la que tuvo lazos amistosos y de asesoramiento a lo largo de toda su vida. Numerosas polémicas cívicas, recogidas en ensayos, pudo canalizarlas finalmente con su participación en el Parlamento durante sus últimos años.

Bibliografía:

La strada che va in città, novela corta, 1942 
È stato così, novela corta, 1947.
Tutti i nostri ieri, novela, 1952
Valentino, novela corta, 1957.
Sagittario, novela corta, 1957
Le voci della sera, novela corta, 1961.
Le piccole virtù, ensayo, 1962.
Lessico famigliare, novela, 1963.
Mai devi domandarmi, ensayo, 1970.
Caro Michele, novela, 1973.
Famiglia, 1977, con dos novelas cortas, la de ese título y Borghesia.
La famiglia Manzoni, biografía literaria, 1983.
La città e la casa, 1984.
Non posiamo saperlo, saggi 1973-1990, 2001, ensayos.


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